Los adolescentes y sus contextos en la identificación de ambientes protectores

  Integrar a un adolescente no es una tarea fácil así que es bueno tener una asignatura como estatal que , oriente y, sobre todo, acompañe a los Adolescentes en su tránsito educativo y muy particularmente en esta etapa llena de sobresaltos, inquietudes, dudas, pero también de anhelos, sueños y aspiraciones, se presume una tarea más que compleja pero a la vez profundamente fascinante, como dejar de reconocer que es la adolescencia una de las etapas más maravillosas en la vida de todo ser humano, quizá la de mayor trascendencia en el proceso de maduración; en ella el amor, la amistad, la solidaridad, el deseo por transformar y cambiar el mundo están presentes, no hay reto ni obstáculo que no puedan vencerse ni objetivo o propósito que no se logre, por ello  se han considerado algunos aspectos importantes de esta etapa de tu vida, la adolescencia, momentos donde puedes vivir fuertes emociones, que van desde la alegría, la euforia, la tristeza o la frustración, por  eso es importante en asignatura estatal que cada una de estas emociones sean oportunidades que guíen tu proceso de maduración de una manera más amigable.

 

 

 

 

CONFORMACIÓN DE LA IDENTIDAD Y SENTIDO DE PERTENENCIA EN LOS ADOLESCENTES.

 

Personas y grupos con las que se identifican los adolescentes.

 

No cabe duda de que participar en grupos sanos aporta factores beneficiosos a los humanos de todas las edades. Los grupos son un importante factor de maduración y de progreso. De hecho, el niño nace y crece en grupos. El primero, la familia, es de importancia decisiva: de la calidad de las relaciones y los cuidados en ella dependerá completamente su vida y su futuro.

 

 

Los grupos de adolescentes tienen una función definitivamente importante en la revolución adolescente. Pero estos grupos tienen sus antecesores naturales: los grupos en la infancia y la pubertad.  El  niño crece en dos tipos de grupos: los que vienen determinados por los adultos, en especial los padres, como la escuela, los grupos recreativos y educativos, deportivos, música, idiomas…. Estos grupos se organizan alrededor de una tarea a realizar, o sea de lo que se va a hacer en ellos. También, el grupo de los niños de la familia, primos, amigos de los primos, los hijos de los amigos de los padres, etc. etc., con los que el niño forma grupos de juego y de entretenimiento en general. 

El segundo tipo son los grupos espontáneos, aquellos que el niño elige dentro de lo que permite su autonomía a cada edad: grupos de compañeros, de su barrio, de su pueblo, del pueblo de sus padres, de su lugar de veraneo… A menudo el niño tiene su propio grupo dentro de los grandes grupos, como la clase, la familia, los grupos recreativos. Allí el niño diferencia entre compañeros y amigos y forma grupo con los de su elección.

 

En la adolescencia las cosas son diferentes: las posibilidades de integrarse en grupos y también las funciones del grupo se amplían muchísimo. El muchacho y la chica, ávidos de agruparse, pueden formar grupo en cualquier espacio en que transcurra su vida.

 

 

Como en edades anteriores, el adolescente puede agruparse por razones de intereses y de objetivos: recreativos, deporte, música, taller de pintura, universidad, trabajo… Pero los grupos más importantes son aquellos en los que, cualquiera que sea el objetivo inicial, participa por interés en sus pares, para relacionarse en grupo; por tanto, su única y esencial función es la experiencia misma de grupo, la tarea del grupo es pues el grupo mismo.

Entonces, el grupo parece pasar a ser “su nueva familia”. De investir las relaciones familiares pasa ahora a investir el grupo. La dependencia de la familia pasa a ser dependencia del grupo. Es allí donde suceden ahora las cosas importantes, donde sucede todo. Allí los jóvenes comparten su crisis adolescente, crean identificaciones compartidas, experimentan fidelidad e incondicionalidad, empatía, comparten inquietudes, inseguridades, ansiedades, se apoyan mutuamente…

 

 El adolescentes viene también, para bien o para mal, influido por la familia, en la medida en que ésta conlleva un entorno social, un ambiente socioeconómico, cultural, ideológico y una oferta de grupos. Esto no es en sí mismo algo negativo: es importante que el adolescente se sienta seguro de que los padres siguen allí, de que en su trayectoria más o menos revuelta puede seguir contando con ellos. Pero es importante también que pueda elegir libremente su grupo y los padres no interfieran en su elaboración y su trayectoria hacia la autonomía. Como sabemos, hay padres que rechazan cualquier tipo de grupo formado fuera del entorno inmediato de la familia y utilizan la dependencia emocional y económica del hijo para limitarlo represivamente (Meltzer y Harris, 1989).

 

 

Si la presión familiar coincide con tendencias adhesivas del hijo, es probable que los padres tengan éxito y éste permanezca ligado al entorno familiar sin cuestionarse nada, como forma de seguir “habitando” la familia, adoptando el pensamiento de sus padres.

 

En condiciones mejores, el adolescente puede formar su grupo dentro del universo de la familia, con jóvenes de su entorno social y que, de todos modos, este grupo lo ayude a evolucionar favorablemente hacia una identidad propia y hacia un grado válido de diferenciación como individuo (Aberastury y Knobel, 1980), de individuación. Seguir en el entorno familiar no significa siempre mantener relaciones indiferenciadas y regresivas.

A menudo el adolescente se abstiene de “presentar” los amigos de los distintos grupos entre ellos; no los reúne, con la convicción o la intuición, a menudo acertada, de que no se entenderían o incluso de que chocarían. A través de esto expresa, además de su búsqueda de identidad a través de lo social, el estado de su mundo interno, su dificultad para integrar en su interior sus tan disociados y difícilmente conciliables objetos internos, o facetas de su personalidad.

Obviamente tiene mucha importancia la calidad del grupo en que se inserta el adolescente. Su elección no será casual sino que dependerá de la organización personal y del tipo de relaciones de objeto que haya desarrollado. A su vez, el grupo en el que se integre influirá más o menos favorablemente en su evolución. Así, los adolescentes más evolucionados, que han desarrollado relaciones interpersonales más maduras, tienden a integrarse en grupos constructivos, elaborativos, en los que pueden ampliar válidamente su experiencia y avanzar hacia la autonomía adulta.

 

 

Por el contrario, los adolescentes menos evolucionados, anclados en dependencias regresivas de su medio familiar, “tropezarán” más fácilmente con grupos de los que atrapan y someten, en los que las relaciones entre sus miembros son también de tipo regresivo y confuso.

El grupo a su vez tiene su propia identidad, moldeada por todos: los unos, los líderes, determinándola más activamente; los otros aceptándola, acatándola o camuflándose en ella. Es importante sobre todo la vertiente interna de la identidad, que son esos acuerdos y reglas que se dan en todos los grupos y que lo rigen. Generalmente son acuerdos no explícitos pero conocidos y seguidos por todos y que vienen a ser su ideología. Cuanto más abiertos son los acuerdos, más permisivo es el grupo y más respeta las opciones individuales, más positivo es para la maduración del joven. En cambio, cuanto más rígido, más se impone, más represivo, más negativo es para esta evolución.

Los diferentes grupos de jóvenes suelen desdeñarse entre ellos y utilizar motes para rechazarse e insultarse: “pijos”, “kumbas”, “hippies”, “okupas”, “rastas”, “skinheads”, “skaters”, para nombrar solamente algunos. Cuando se trata de grupos más definidos y cerrados, lo que se ha llamado tribus urbanas, los enfrentamientos pueden ser mucho más serios. Ha habido países y épocas en los que sus luchas han constituido una verdadera guerra social.

 El grupo constructivo facilita esta trayectoria, ofreciendo de momento un refugio en el que el adolescente se cobija, y un apoyo para conseguir progresivamente su diferenciación como individuo autónomo capaz de determinar sus elecciones como adulto.

 

 

 

 

 

El adolescente llega al grupo con las experiencias de su infancia y pubertad, su modelo de relaciones familiares, su proceso de cambio adolescente, sus relaciones internas de objeto, sus ansiedades y defensas. Allí se encuentra con sus pares que atraviesan una etapa vital similar, ansiedades y dudas parecidas, temores, defensas a veces extremas, otras veces abiertamente tambaleantes… Ya no es un niño, pero tampoco es un adulto, su identidad está en un momento de cambios rápidos y debido a eso, frágil. Sus ansiedades, sus dudas sobre sus propias capacidades y al mismo tiempo su necesidad defensiva de creerse y aparecer hiperseguro, sus variaciones de humor, sus momentos regresivos, a menudo chocan con su entorno. Pienso por ejemplo en ese adolescente generalmente de la primera etapa de la adolescencia que “lo sabe todo”, “sabe” como deberían hacerse las cosas, qué deberían hacer sus padres, que corrigen, recriminan y dan fácilmente un trato peyorativo a sus adultos y parecen saber cómo arreglar el mundo. Compartir su frustración, su soledad, su rabia con sus compañeros de etapa es ya un alivio: los de su grupo son quienes lo comprenden, los que sufren las mismas frustraciones y dificultades que vive él, los que pueden apoyarlo. Ésta es la primera función que puede aportar el grupo: la contención.

 

 

Más tarde, en una etapa posterior, cuando ya se sienten seguros de su identidad compartida y se atreven a confrontarla, podrán plantearse su diferenciación como individuos.

Porque el grupo, a pesar de que al principio necesite ser homogéneo, incluso crea que lo es, está obviamente formado por individuos distintos, con características personales diversas, necesidades e historias diferentes, tendencias, capacidades y recursos distintos. Dentro de la cohesión del grupo, cada joven, por sus características personales, sus tendencias, su lenguaje, su gesto, constituye una propuesta diferente, una imagen distinta, otro mundo. El grupo, además, devuelve a cada uno imágenes de sí mismo. Todo esto se convierte en estímulos para la elaboración. Cómo están suficientemente cercanos, lo nuevo puede confrontarse y según cómo integrarse, y como sienten suficiente seguridad en sus relaciones, pueden también abordar las diferencias.

El joven se encuentra ante la tarea de reciclar todo esto y de reorganizar progresivamente su identidad. Así, la identidad del grupo podrá ir matizándose con la identidad de cada uno y en el tejido de este proceso, cada uno irá desarrollando su propia identidad diferenciada.

Por supuesto, esta elaboración en el grupo además de significar una elaboración de las relaciones interpersonales y sociales, promueve una importante elaboración de la realidad psíquica, del mundo interno. Así, Las interacciones en el grupo facilitarán la gradual modificación del sistema defensivo, la reorganización personal y la mejora de la calidad de los objetos internos.